Carlos Cachón

Telegrama, no tuit

Situados en paralelo en nuestras calles, grafiti y publicidad, ofrecen quizás una radiografía exacta de nuestra sociedad. Lo primero ilícito, lo segundo aceptado. Lo primero, lo que no busca ningún fin, lo que sólo pretende expresar desinteresadamente, proscrito. Lo segundo, lo que busca exclusivamente explotarnos, lo que nos mira a los ojos y sólo ve nuestros bolsillos, con sus localizaciones reguladas.
Podríamos aceptar que existe una explicación simple para lo anterior, que mientras la publicidad tiene sus emplazamientos reglados, no afecta a nadie que no quiera ser afectado, los grafiti están dominados por la anarquía, surgen sin ningún tipo de cortapisa, incluso en los espacios que merecerían ser preservados.
Pero quizás podríamos extraer también otra lectura más perversa. Como sociedad, y más exactamente como sociedad que se rige por principios económicos y de consenso, estamos capacitados para regular nuestras transacciones, para resolver y ordenar conflictos, todo aquello que es cuantificable y por tanto no transmite realmente nada íntimo, sin embargo estamos impedidos para ordenar lo que verdaderamente merece la pena, lo que nos expresa, lo que tiene valor.


Carlos Cachón


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