Pedro Puertas

¡CLOP! .¡CLOP!.. ¡CLOP!...


+ CIRCO

...hay dos planos verticales y otros dos horizontales que forman un largo corredor. Grupos de gente deambulando. Los cuatro planos se convierten en dos paredes, un techo y un suelo. Ninguno de ellos es paralelo a su opuesto. El techo y una de las paredes están inclinados. Esta inclinación fuerza la fuga hacia una puerta situada al final del corredor.


La pared inclinada es un gran armario de madera, tan largo como el corredor. Llega al techo pero no al suelo. Un rodapié de piedra calcárea, color moka-crema, lo impide. La piedra del rodapié se pliega, para bajo los pies de la gente, llegar hasta la otra pared. En este punto se pliega otra vez, como un papel, y sube hasta por encima del nivel de los ojos. Forma un zócalo, interrumpido por luces y sombras que vienen de fuera. Por encima del zócalo la pared está enfoscada y pintada de blanco. El albañil y el pintor repiten el movimiento papirofléxico del cantero. Suelo-pared. Pared-techo (1).
Al avanzar, la pared del zócalo moka-crema se retranquea. El corredor aquí se ensancha y una pequeña rampa emerge del nuevo pavimento. Puede subirse de dos maneras. O por su arranque, en el sentido del corredor. O saltando directamente sobre su escalón. Ambas decisiones llevan hacia una abertura en la pared del zócalo moka-crema y rompen la linealidad del corredor (2).
Frente a la abertura, lugar comprimido entre el techo y la rampa, se inicia un pasillo con una salida al fondo. Su ancho es el justo para poder cruzarse dos personas. Suelo, paredes y techo son paralelos. Zócalo y enlucido se tocan al nivel de los ojos. Uno es la prolongación del suelo y el otro del techo. La pared de la derecha está interrumpida en tres ocasiones. Dos puertas de madera y un reflejo metálico, la puerta de un ascensor. La pared de la izquierda es continua.
La luz filtrada por el hueco del fondo moja la piedra pulida. Los reflejos multiplican la imagen del transeúnte. Sólo absorbida por las puertas de madera (3).
Tras una puerta con hoja de vidrio transparente, marco de madera y pomo metálico se ve la continuación del pasillo. El pasillo se dilata en un distribuidor de seis direcciones. La puerta es perpendicular a la pared continua del corredor. La pared es el eje vertical del último vano. Por donde se ven, delante los chopos que nacen más abajo, en la ladera.

(Girar noventa grados a la derecha). Enfrente aparecen nueve escalones plegados, moka-crema, y un rellano. Una fuente desconocida de luz lo ilumina. La luz resbala por las huellas. El zócalo dibuja la inclinación de los peldaños sobre la pared. Al subir el primer escalón baja su altura. Parece que la escalera se dirige a la superficie (4).
(En el rellano al girar). Hay un trozo de cielo enfrente, encima y tangente a la cabeza. La ventana es abatible, a pesar de su posición en altura. Separado del marco desciende un redondo de acero, hasta convertirse en un mecanismo de palanca. Un tirador sobre una pared. Es preciso un movimiento de abajo hacia arriba para que el resorte abata la ventana y entre el aire (5).
(Girar). La ventana está encima de la nuca. La luz incide sobre los escalones. Las contrahuellas están ahora más iluminadas. Suben hacia el zócalo de piedra que funciona como un espejo por su fino pulido. Una imagen entra por la ventana y se refleja. Árboles y un edificio. Al ir hacia ella desaparecen (6).
En el pasillo del segundo piso el zócalo vuelve al nivel de los ojos. Escapa hacia la izquierda por una salida.
Al continuar el trayecto por la escalera aparece una puerta con hoja de vidrio transparente, marco de madera y pomo metálico.
Tras la puerta se detiene el suelo. Ahí la piedra moka-crema desaparece. Es sustituida por un material plástico, de color gris, dispuesto para ser ensuciado, rayado y maltratado. Superficie contenida por cuatro paredes blancas. La pared opuesta a la puerta está cortada por una franja horizontal: son dos ventanas alargadas una al lado de la otra. Por ellas entra la imagen de los chopos de la ladera y la luz necesaria para trabajar. Mesas y taburetes flotan en la habitación. Son de madera y sobre ellos hay restos de actividad. Bajo las tablas, las patas son del color del suelo, grises (7). (Girar noventa grados a la derecha). Enfrente aparecen diez escalones plegados moka-crema, y un rellano. Una fuente desconocida de luz lo ilumina. La luz se escurre por las huellas. El zócalo dibuja la inclinación de los peldaños sobre la pared. Al subir el primer escalón baja su altura. Parece que la superficie está más lejos. La escalera se eleva (8).
(En el rellano al girar). Hay otro trozo de cielo encima, enfrente y tangente a la cabeza. La ventana y su mecanismo se repiten. Todo es familiar. Escalera y visitante comienzan a reconocerse (9).

(Girar). La ventana está encima de la nuca.
La luz incide sobre los escalones. Las contrahuellas están más iluminadas. Suben hacia una puerta con hoja de vidrio transparente, marco de madera y pomo metálico. El vidrio deja ver aquellas patas del suelo gris. Las mesas sufridas vistas desde abajo. Se entrevé a través del bosque de patas grises y las tablas de madera un fragmento de ventana. Tras la ventana aparece la imagen de un edificio blanco (10).
El tercer pasillo se contrae por dos puertas de vidrio. Se acercan por ambos lados. El zócalo sale de la escalera hacia el pasillo y mantiene su altura.
Tras la puerta se ve una sala igual a la del piso anterior. Está ocupada por los mismos elementos. El suelo de plástico gris, las mesas y los taburetes de madera, las patas grises, los recortes de trabajos y las paredes blancas. La pared opuesta a la puerta de vidrio está cortada por una franja horizontal: son dos ventanas alargadas una al lado de la otra. Por ellas se ve la imagen de dos anteojeras verticales y sus sombras proyectadas en el edificio blanco. Junto a esta visión entra la luz necesaria para trabajar (11).
Al continuar el trayecto por la escalera hay un hueco. Es un pequeño distribuidor para dos estancias. A una se accede por la puerta con hoja de vidrio transparente, marco de madera y pomo metálico; pero permanece tapada. Un papel de embalaje impide la visión hacia el interior, secretos inconfesables. La otra puerta ya es opaca, de madera.
(Girar noventa grados a la derecha). Enfrente aparecen diez escalones plegados de moka-crema y un rellano. Una fuente desconocida de luz los ilumina. Sumerge las huellas. El zócalo dibuja la inclinación de los peldaños sobre la pared. Al subir el primer escalón baja su altura. Parece que la superficie está más cerca. De repente, tiran del pelo de la cabeza hacia arriba. Es la presión que la altura del techo ejercía. Se ha desvanecido y con ella la escalera (12).
(En el rellano al girar). Por encima de la cabeza hay un tercer trozo de cielo. Un recorte cuadrado sobre el techo es el grifo que inunda, en días claros como hoy, la escalera. La ventana es fija a pesar de su posición en altura. El aire no entra por ella porque ahora este último tramo es de aire. La pesadez del principio desaparece (13). (Girar). La ventana permanece por encima de la cabeza. La luz, el visitante y los escalones se mueven alrededor de este agujero. Suben hacia una puerta con hoja de vidrio transparente, marco de madera y pomo metálico. El vidrio deja ver aquellas patas del suelo gris. Esas mesas sufridas, reconocidas desde abajo. A través del bosque de patas grises y las tablas de madera. Se entrevé un fragmento de ventana. Tras la ventana aparece la imagen del edificio blanco (14).
El último pasillo se contrae aún más por dos puertas. Se acercan por ambos lados. El zócalo sale de la escalera hacia el pasillo y mantiene su altura.
Tras la puerta se ve otra sala, ahora más alta. La ocupan el suelo gris, las mesas y los taburetes de madera, las patas grises, los trabajos acabados y las paredes blancas. Una de ellas está cortada por una franja horizontal: son dos ventanas pegadas a un eje con la piel blanca quebrada. Por ellas se ven las dos anteojeras verticales y sus sombras proyectadas en el edificio blanco. Junto a esta visión entra la luz necesaria para trabajar (15).
(Girar por última vez, a la derecha). Enfrente está la puerta de vidrio transparente. A su izquierda un murete revestido de moka-crema. Al otro lado una pared. El suelo del pasillo y el zócalo de esta pared se detienen a los pies de la puerta.
Tras la puerta continua la pared y la superficie plástica gris forma un cuadrado. Este cuadrado es la proyección piramidal de otro recortado en el techo. El recorte es el cuarto trozo de cielo. El techo y las paredes de esta sala son blancas. La pared que viene del pasillo y la opuesta a la puerta no se tocan. Una ventana vertical rompe este rincón. A través de esta franja se pueden ver las últimas hojas de unos chopos que nacen más abajo, en la ladera del río Duero (16).
...¡clop!,¡clop!,¡clop!...Una chica alta, morena, vestida de negro, con tacones de madera, baja por una de las escaleras de la facultad de arquitectura de Porto.
...¡clop!,¡clop!,¡clop!...

Epílogo.
Quedan en el edificio otras escaleras por subir y por bajar. Ésta es una de las cuatro variaciones para las escaleras que llevan hacia las aulas. Escaleras de piedra calcárea, color moka crema y luz blanca. En el primer contacto con ellas todos los tramos son iguales. En su ascensión o en su descenso, esta escalera encajonada entre muros, se presenta como cualquier otra escalera doméstica que hayamos conocido antes. Al repetir su uso el visitante descubre sus variaciones. Las siente y comprende. En cualquier detalle de la arquitectura de Álvaro Siza podríamos encontrar esta sencillez que engrandece lo cotidiano.


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