Pedro Puertas

Be-tween



+ petición . obituario en El País

El pasado 16 de junio murió Antonio Jiménez Torrecillas.

Murió un martes, entre el final de la primavera y el inicio del verano; y en una hora, al mediodía, donde él acostumbraba a coger su bicicleta para estar cerca de su primer territorio, Granada. Para mí no pudo morir en otro momento, ya que, define como un epitafio lo que es una de las grandes aportaciones de su pensamiento y arquitectura.
El día 16, el martes para ser despedido el miércoles, el cambio de primavera a verano, y el mediodía definen una situación intermedia, un eje temporal donde nos posiciona a todos en ese lugar tensionado, de decisión, de tránsito que define estar “entre”.
Antonio en cada una de sus arquitecturas fue evolucionando para depurar esa situación, estar entre la materia, algo que nos podría haber acercado a un estado más allá de lo humano de haber continuado su trayectoria física
Me atrevo a afirmar que la arquitectura de Antonio manifestaba esta situación y se podría definir como la invitación a un espacio donde nosotros nos convertíamos en su protagonista despojándose el edificio de dicho papel, ya que, su materia no aparece como aquello que cierra y alberga sino como la tensa vibración que genera una fisura por donde se colaba, luz, agua, aire, tiempo…
Esta situación de construir una idea, con todo el esfuerzo que requiere, para darle con posterioridad el valor al individuo es un acto de generosidad supremo, su arquitectura no te invita a que la admires, sino a que te sientas orgulloso de estar vivo. De ahí aquella fotografía de Antonio en una de las dos esquinas del Centro José Guerrero, entre dos calles, con una sonrisa, con los brazos cruzados y detrás de él, ni siquiera apoyado sólo a centímetros de su espalda, su edificio. Si Antonio hubiese sido un arquitecto al uso esta fotografía la hubiese hecho en el espacio más representativo del Centro José Guerrero; pero no fue así.

Por tanto él nos sitúa entre piedras milenarias que se desencajan para dejar pasar el tiempo en el Cerro de San Miguel, él nos sitúa en medio de una seguiriya de luz y sombra en Huéscar, él nos sitúa entre la permanencia de la piedra reglada de la Catedral de Granada y la inmediatez del trazado de José Guerrero; él nos sitúa entre el aire que protege a unas pinturas rupestres; él nos sitúa desnudos frente una cascada de agua en Dal Bat, él nos sitúa entre dos tiempos en la estación del Alcázar Genil….y él nos sitúa en una posición intermedia que nos hace increíblemente grandes como humanos.
Toda esta situación tensa que define habitar el eje, la bisagra entre dos mundos el racional y el intuitivo lo potenció Antonio en las fotografías que cuidadosamente seleccionó para mostrar al mundo su obra. En todas ellas se manifiesta esta posición de estar “entre” un orden construido que te acerca a la esencia más primitiva de la arquitectura, su materia.
Su arquitectura es increíblemente esencial, tanto que no necesita, por ejemplo, de fachadas y explicar más sería un insulto a su grandeza. La suerte es que está entre nosotros.



Epílogo
Recién llegado a Granada después de muchos años fuera, ausente de lo que le ocurrió con su lienzo de muralla una de las primeras cosas que hice fue subir al Cerro de San Miguel, para visitarlo en directo y saber qué había ocurrido. Llegué por atrás, por el Cerro del Tambor, y vi la nueva puerta que se abrió enmarcando la Alcazaba de la Alhambra. Más tarde hablé con Antonio, le pregunté por qué se abrió la puerta en ese punto, me dijo, “que era el encuentro de cota del terreno entre los dos lados”. Yo le dije que no, le dije, “que aquella nueva abertura viniendo desde fuera de Granada unía dos construcciones defensivas, la Alcazaba de la Alhambra y su muralla, la muralla nazarí y que entre esas dos construcciones estaba Granada”.
Una ciudad que espero responda al trabajo del maestro Antonio Jiménez Torrecillas.
¡Gracias Antonio!


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