Ángela Solís Jara

Museo de vídeo y sonido . Juromenha


PFC uah

El proyecto comenzó en 2010 en mi Erasmus a Lisboa, con Aires Mateus de profesores y continuó evolucionando con José Juan Barba como tutor de Alcalá.














Su situación en el territorio, limitando con España, y los conflictos entre las dos tierras lleva a la construcción de una línea defensiva a lo largo del Río Guadiana. En Juromenha el tiempo parece suspendido, el agua se apodera del territorio, y la arquitectura se transforma en paisaje. En esta condición única el proyecto es entendido como un gesto que se insinúa en una atmósfera específica, potenciándolo y cuestionándolo.
Un castillo es una construcción realizada para defenderse, para mirar y controlar todo el territorio. Las murallas macizas suponen un límite elevado en el territorio, pero también es un límite muy cerrado y fuerte para con su entorno. Para reconciliar el castillo con sus alrededores, introduzco las geometrías del exterior, rompiendo visualmente los límites y así crear un edificio abierto para todo el mundo. Y pasar de una fortificación de uso militar a un museo abierto para todos los públicos. Al introducir las geometrías del exterior, también están entrando las formas, las texturas, la vegetación, las ovejas, insectos, pájaros, olores, colores, sonidos…
El tiempo ha transformado todo el castillo, haciendo desaparecer lo más débil, para llenarlo de vegetación, dejando puertas en mitad del paisaje, donde no puedes entrar físicamente pero sí dejar volar tu imaginación; o casas sin tejados y con chimeneas donde ahora sólo viven las plantas, o escaleras que no llevan a ningún…Todo esto hace que el castillo este lleno de espacios intermedios, espacios surrealistas que te invitan a reflexionar sobre lo que la fortaleza fue en un pasado y lo que puede llegar a ser en un futuro, espacios que son la esencia del castillo. Aumentar su potencial, mediante la utilización de materiales, que la vegetación pueda utilizar como fácil sustrato, o creando nuevos espacios intermedios, es una de las premisas de la intervención.

Para continuar con esa esencia, mi intervención continúa con la secuencia de límites, entre el interior y lo exterior, lo abierto y lo cerrado, lo natural y lo artificial, lo antiguo y lo nuevo, la tierra y el cielo. Este límite es definido a partir de las ruinas existentes, permitiendo conservar todo lo existente sin interferir en el silencio de la ruina. El museo está organizado en una trama lleno vacío; la cisterna existente da la dirección para articular todo el museo, se convierte así en una sala especial generatriz del museo. La trama de “llenos” se organiza libremente, no hay un recorrido de salas obligatorio, tus sentidos son los que deciden, el sonido y las luces te guían a través de cada obra, creando una secuencia única para cada usuario. Para que el usuario no pierda la orientación, se establecen corredores visuales, y un patio redondo, único, especial, en el centro como punto de referencia para orientarse dentro del museo. El usuario sólo tiene que dejarse llevar.
Mi museo funciona como un hojaldre, donde cada capa tiene una función totalmente diferenciada. La primera contiene los espacios servidores del museo, la capa intermedia las salas de exposiciones, y la última la cubierta, que cierra el edificio al mismo tiempo que se adapta a su entorno.
La pieza total no es una parte del todo, y el todo no es la suma de sus partes. La parte y el todo se interrelacionan continuamente. EL museo y el castillo se funden, el museo se conecta al castillo de manera gradual, con la utilización de recursos arquitectónicos y sobre todo con el recorrido del visitante, que con su andar va cosiendo, a modo de hilván, las diferentes partes y convirtiéndolas en uno.


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